
Con gran sacrificio usted compra un automóvil nuevo y, al poner la llave para hacerlo arrancar, no funciona.
¿Cuál es su reacción? ¿Pacíficamente entra en ayuno y oración para resolver tal problema o, indignado, recurre a sus derechos?
Usted se sacrifica durante todo el mes, pero cuando va en búsqueda del salario, el jefe no tiene con qué pagar.
¿Qué hace usted? ¿Le reclama a Dios o a la justicia laboral? Claro que elige la segunda opción. ¿Por qué?
Porque tiene consciencia de sus derechos y no acepta ser burlado, engañado o privado de ellos, ¿no es cierto?
Usted cumple su parte en la alianza con Dios.
Cumple sus deberes de siervo, obedece los mandamientos de Dios, es fiel en los diezmos y en las ofrendas. Pero, en el momento de darle a la familia el pan nuestro de cada día, no hay dinero.
Parece que las ventanas del Cielo están cerradas para usted. ¿Cuál es su reacción? ¿Va a quedarse esperando que caiga del cielo o va a reclamarle a Quien prometió abrirlas?
Y es justamente en este momento que su fe hierve y lo manifiesta en actitudes. En un ímpetu de ira e indignación contra la miseria, usted se lanza para el todo o nada, vida o muerte y, corajosamente, reivindica el cumplimiento de aquello que está prometido delante del Señor. Esa reacción es la más pura expresión de la fe.