Mis compañeros de trabajo me llevaron al hospital más cercano, y después de ser atendida por el médico, me dijeron que nunca más volvería a andar.
Al oír aquello, me desesperé. Tenía tantos planes para mi futuro, e inmediatamente pensé en mi hijo, ¿quién cuidaría de él? Muchas cosas pasaron por mi cabeza menos la posibilidad de poder caminar nuevamente.
Estuve sólo 2 semanas ingresada en el hospital, no pude reclamar por haber recibido el alta en tan poco tiempo, ya que en realidad no había nada que los médicos pudieran hacer.
“Cuando salí del hospital pasé 7 meses en cama tomando más de 30 pastillas al día, pero continuaba teniendo dolores insoportables. Cocinar, limpiar o simplemente cuidar de mi hijo, se convirtió en una obligación para mi familia, dependía totalmente de sus cuidados. La única cosa que podía hacer era estar tumbada en la cama, desorientada y somnolienta sin saber lo que pasaba a mi alrededor por los fuertes medicamentos que tomaba”.
¿CURARME, ERA IMPOSIBLE? 
“Cuando escuché hablar por primera vez de las reuniones por la salud de la Iglesia Universal, me negué a participar, en mi cabeza no existía solución para mí. No quería ilusionarme, me parecía todo demasiado bueno como para ser verdad. Pero, pensando sobre eso, vi que tenía dos opciones: conformarme con mi situación o aprovechar cualquier oportunidad que pudiera cambiarla.
Me di cuenta de que no tenía nada que perder y acepté la visita de un pastor. Me dolió ver a un extraño queriendo ayudarme, pero aquel gesto me llamó la atención, gané confianza y un nuevo optimismo. Después, decidí comenzar a participar de las reuniones con la ayuda de mis hermanos que me llevaban.
Al principio, sólo observaba todo lo que pasaba allí. Veía a las personas siendo bendecidas a través de las oraciones, y después de algunas semanas, comprendí que tenía el poder para provocar el cambio que tanto necesitaba.
Un día, llegué, recibí la unción con el Aceite, y en la reunión cuando uno de los pastores oró por mí, sentí una onda de energía recorriendo mi cuerpo. Puede sonar extraño, pero en aquel momento usé mi fe y creí con toda mi fuerza, y algo aconteció. Al abrir los ojos, noté que las muletas estaban en el suelo y yo estaba de pie. Lloré como un bebé, por primera vez en 7 meses estaba andando. Aquella noche fui a casa de mi madre y cuando me vio empezó a llorar. Visité a cada miembro de mi familia que me había ayudado y no podían creer lo que veían. Hoy estoy saludable, pude volver a mi trabajo y veo mi vida de una manera muy diferente. Sé que cualquier cosa puede obtenerse mediante la fe, y en los momentos difíciles siempre oro y recargo mis fuerzas”.