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Caiga sobre mí la maldición

By Departamento de Sistemasnoviembre 24, 2017No hay comentarios3 Mins Read
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Rebeca fue una de las mujeres de la Biblia con grandes cualidades. Por ejemplo, era trabajadora. Vemos eso en su iniciativa cuando, aún soltera, se dispuso a dar de beber a los camellos del siervo de Abraham. Al menos, la joven necesitó cargar en su cántaro más de mil litros de agua para satisfacer animales sedientos del viaje recorrido. Rebeca también fue extremadamente valiente al dejar a su familia, sin parpadear, para seguir hacia el clan de Abraham y casarse.

Después de su matrimonio, luchó durante veinte años contra la esterilidad. Pero, a diferencia de Sara, Rebeca aguardó de forma resignada la respuesta de Dios, sin dar sugerencias a Isaac para resolver el problema.

Al tener dificultades en el embarazo, ella mostró ser una mujer de oración al recurrir a Dios. Rebeca fue socorrida y recibió de Él una gran revelación sobre el futuro de sus hijos.

Sin embargo, en un momento dado, cuando su marido estaba a punto de tomar una actitud equivocada, Rebeca, irreflexivamente, dejó de depender de Dios para actuar de su propia manera.

Isaac iba a bendecir a Esaú para ser su sucesor, pero ella sabía que Dios había escogido a Jacob. Entonces, en vez de Rebeca orar y pedir la intervención Divina, ella incitó a Jacob a engañar a su padre. Ella podría haber intentado amablemente conversar con su marido acerca de lo que él pretendía hacer, pero echó mano de la mentira para prevalecer.

Al tomar la delantera a Dios, Rebeca estaba diciendo que sus métodos eran mejores y más rápidos que los de Él. Su arma dejó de ser la fe para ser su propia habilidad.

La mujer sabia, firme y fuerte cedió a la astucia del mal y llegó incluso a poner en riesgo su vida al asumir sobre sí la maldición de aquel acto.

“Mi hijo, sobre mí sea tu maldición; sólo obedece a mi voz, y va, traedlos. “Gn 27:13

La madre que quiso proteger el futuro del hijo preferido con sus propios esfuerzos, logró hacer de él un fugitivo. Jacob era pacífico y casero, pero después de eso, fue obligado a salir errante en busca de guarida.

Si Rebeca hubiera dejado a Dios actuar, ¿él hubiera hecho algo que hubiese incitado el odio entre los hermanos? ¡Claro que no! Si ella tan sólo hubiera vencido su ansiedad y miedo en aquel momento, no habría estado el resto de su vida sin poder ver más el rostro de Jacob. Incluso, no tendría que convivir con la culpa de haber sido la causante de aquel conflicto tan grave.

Fue nítido el desagrado del Altísimo con la situación. La prueba de ello fueron las consecuencias que vinieron tanto para Jacob como para su madre. El pecado siempre trae dolor y vergüenza como resultado.

Dios tiene instrumentos para hacer prevalecer su voluntad, pero para ello espera ver en nosotros fe y obediencia a Su Voz.

¿Cuántas veces tampoco respetamos el modo de actuar de Dios y tomamos actitudes que sólo nos traen dolores?

Somos nosotros quienes retardamos Sus propósitos en nuestra vida cuando actuamos de forma impaciente e incrédula.

La fe mezclada con dudas, además de no funcionar, lleva a la persona a tener actitudes de acuerdo con sus propias ideas.

Entonces, aprendamos a vencer nuestro YO, nuestros instintos, pensamientos y miedos para no precipitarnos en nuestras elecciones y no buscar atajos que nos conducirán al sufrimiento.

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