“La joven era muy hermosa, virgen, ningún hombre la había conocido; bajó ella a la fuente, llenó su cántaro y subió. Entonces el siervo corrió a su encuentro, y dijo: Te ruego que me des a beber un poco de agua de tu cántaro. Y ella dijo: Bebe, señor mío. Y enseguida bajó el cántaro a su mano, y le dio de beber. Cuando había terminado de darle de beber, dijo: Sacaré también para tus camellos hasta que hayan terminado de beber. Y rápidamente vació el cántaro en el abrevadero, y corrió otra vez a la fuente para sacar agua, y sacó para todos sus camellos. Entretanto el hombre la observaba en silencio, para saber si el Señor había dado éxito o no a su viaje.” (Génesis 24.16-21)
La responsabilidad no era nada fácil, él tendría que encontrar una esposa para Isaac que fuera compatible con él – si ya para encontrar a alguien así para usted misma es difícil, ¿imagine como no será para otra persona tener que encontrar a alguien para usted? Pero Abraham confió en que Eliezer estaba dispuesto a dar su mejor. ¿Y que podría hacer Eliezer, con tamaña responsabilidad, sino orar y confiar en Dios?
Él llevó consigo diez camellos y con eso, Dios lo inspiró a hacer una prueba. Si la joven pasara la prueba, ella sería la persona que Dios habría escogido para Isaac. La prueba era simple. Él escogió hacerla junto a un pozo donde muchas mujeres iban a sacar agua para abastecer las necesidades de la familia.
Era un trabajo difícil y muy pesado. Allí él comprobaría quienes eran las mujeres que murmuraban y reclamaban, y las que sólo se ceñían a su trabajo. Rebeca inmediatamente apareció. Una joven bonita, trabajadora, y virgen. Por la apariencia, ideal para Isaac. Pero Eliezer tenía que tener certeza que el interior de ella también era perfecto. La pidió que le diese agua.
Rebeca podría haber pensado: “‘Vaya, él ya está al lado del pozo — ¿por qué no se sirve él mismo? ¿Encima que no es fácil sacar agua del pozo para toda mi familia, además tengo que sacar agua para este extraño?”
Pero eso no pasó por su cabeza. Dio de beber al extraño y también a todos sus camellos. Observe que ella no preguntó si él quería que ella diese agua a sus camellos. Ella simplemente vio la necesidad, fue adelante y les dio de beber. Un camello bebe casi 76 litros de agua. ¿Imagine diez camellos?
Fue con esa simple actitud que Rebecca alcanzó su bendición no solamente sentimental, sino también espiritual, pues al casarse con Isaac, ella heredó su fe y con eso, formó parte del pueblo de Dios.
Una oportunidad apareció y ella la tomó. ¿Cuántas veces usted pide a Dios para que Él la use más, para que Él la bendiga, pero en el momento de la prueba, usted no la pasa? Las oportunidades vienen pero se van por el mismo camino que vinieron. Talvez sea un favor más, una petición para llevar a alguien a casa, o un par de sandálias para una amiga que no tiene.
Son tantas las oportunidades que Dios nos da, pero, ¿cuántas de nosotras quedamos esperando ser invitadas, ser llamadas para hacer eso o aquello? A veces hasta consiguen ver las oportunidades, pero prefieren fingir que no las ven.
Unas quieren guardar su dinero, están pasando un apuro y prefieren quedarse así antes que dar siendo que la propia Palabra que predican enseña a dar para recibir.
Otras están tan ocupadas que no tienen tiempo para servir a nadie a no ser a sí mismas.
Imagínese si Rebeca hubiera dicho ‘no tengo tiempo para eso, ¡apáñatelas como puedas!’. Y hay otras que están siempre con miedo de lo que puede acontecer, son esposas que están siempre especulando el futuro, ‘¿y si ella quiera que yo haga eso todos los días?’.
¡Esas personas dejan de sorprender a las personas que están a su alrededor y tambien a Dios!
En la fe.

