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Llegué a la Iglesia Universal a los 15 años de edad, sin embargo, ya cargaba un equipaje de sufrimiento muy grande. Tuve una excelente estructura familiar, con padres maravillosos, pero las dificultades económicas y las enfermedades siempre formaron parte de mi infancia.

Nací en un hogar destruido, lleno de engaños, orgullo y vanidad. Desde los primeros años de vida, comenzó lo que sería para mí una verdadera pesadilla. Todavía era pequeño, cuando comencé a tener problemas con audición de voces.

Hace casi treinta años tuve un problema serio en la vista, pensé que me iba a quedar ciego, estaba muy complicada mi visión. En esa época estaba en Bahía y tenía que ir a Rio de Janeiro casi todas las semanas, porque allí estaba el mejor tratamiento.

Ya en la tierra de Canaán, habiendo poseído la leche y la miel, Josué llamó al pueblo de Israel y dejó en claro que Dios había luchado por ellos. Aunque todavía faltaran algunos enemigos a ser derrotados, él dijo también que esos enemigos serían vencidos tal como los otros lo fueron.

Conocí a un muchacho que en su adolescencia contrajo el virus VIH. Después de un tiempo, al llegar a la iglesia y al hacer uso de la fe (que es la certeza), quedó completamente curado. Se convirtió en miembro, obrero y después pastor. Conoció a una joven obrera, se casaron y de esa relación nació una niña.

Antes de conocer a Dios en la Universal mi vida estaba destruida. A los 12 años comencé a descubrir en mí cosas que no eran normales para un niño. Era triste, lloraba mucho y sin motivo. En la escuela siempre sonreía, pero cuando estaba solo, las lágrimas corrían por mi rostro.

Hasta los 7 años fui una niña normal, sin embargo, a partir de entonces quise ser diferente. A los 9 años, teñí mi cabello de rubio (en esa época eso no era común, yo era una de las pocas niñas así).